martes, julio 25, 2006

El placer de sufrir, de odiar, me tiñe


El placer de sufrir, de odiar me tiñe

la garganta con plásticos venenos,

mas la cerda que implanta su orden mágico,

y su grandeza taurina, entre la prima

y la sexta

y la octava mendaz, las sufre todas.


El placer de sufrir... ¿Quién? ¿a quién?

¿quién, las muelas? ¿a quién, la sociedad,

los carburos de rabia de la encía?


¿Cómo ser

y estar, sin darle cólera al vecino?


Vales más que mi número, hombre sólo,

y valen más que todo el diccionario,

con su prosa en verso,

con su verso en prosa,

tu función águila,

tu mecanismo tigre, blando prójimo.


El placer de sufrir,

de esperar las esperanzas en la mesa,

el domingo con todos los idiomas, el

sábado con horas chinas, belgas

la semana, con dos escupitajos.


El placer de esperar en zapatillas,

de esperar encogido tras de un verso,

de esperar con pujanza y mala poña;

el placer de sufrir: zurdazo de hembra

muerta con una piedra en la cintura

y muerta entre la cuerda y la guitarra,

llorando días y cantando meses.


César Vallejo, 1937

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