Camino entre pasadizos que desconozco y reconozco, los siento como míos pero en realidad nunca antes los había visto o había caminado entre ellos. Mi cabeza comienza a pensar, luego de mucho caminar, ¿a dónde es que me dirijo?, y me detengo. Nunca antes había tenido la sensación más segura de que alguien esta detrás de mí, que me observa y espera mis reacciones para reaccionar. Tengo miedo de volver la vista atrás, pero me atrae más la idea de enfrentar lo desconocido.
Estoy en mi cama, el peso de mi gata al lado izquierdo me hace ser conciente de estar despierta. Reconozco mi cama por el peso de mi gata, por su sosegada presencia a mi costado (una gata que cuando se raya te raya el rostro, juega con las partes de ti que encuentre y te sumerge en la inevitable sensación de la adorabilidad mutua, algo que proviniendo de un gato o gata, resulta divinamente perfecto), lo que me hace saber que estoy en mi cama. Y estoy en mi cama, con los ojos cerrados.
¿Es un mercado? Me pierdo entre voces y sonidos, personas que cruzan sin detenerse, llevando cosas. Me siento más rara que nunca, porque sólo yo estoy detenida y sin saber qué hacer. Tengo tu número en mi cabeza, y otro papel con una dirección y el 4404618, ¿qué tengo que hacer? Miro rápidamente otra vez esperando que algo haya cambiado (cierro los ojos y siento el peso de mi gata al lado izquierdo) los abro y sigo entre gentes y sonidos. Un teléfono público, una moneda en los bolsillos. Camino y soy una persona más, perdida, sin detenerme y llevando a cuestas el no saber si estás donde te espero, si sabrás decirme qué pasa y si donde me encuentro es en verdad un mercado con personas llevando objetos. Llamo, no estás. Todo sigue igual. Siento la desesperación correr y alojarse en mi garganta. ¿Espero a que estés o llamo al otro número? Y me odio por elegir lo primero, porque sé que lo segundo es más seguro: nunca sé dónde estás y cuándo estarás. Es mejor cambiarlo todo y dejar de esperar. Llamaré otra vez, y si no contestas, marcaré el otro número. Antes de escuchar tu voz en la contestadora te veo frente a mi, entre las miles de gentes que cruzan sin detenerse, llevando cosas y sus propias dudas a cuestas.
Eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzas. ¿De dónde saliste? ¿Cómo te llamas?
Eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzo. ¿Dónde estabas todo este tiempo?
Día de sol (el verano es un dios que no me quiere)Abro los ojos y dan las 9 en el reloj que 4 años atrás me habría dicho que es muy tarde para despertar, y que ahora sólo parece consolarme por tener que despertar. Lagarteo hasta la cocina, adormecida de sensaciones y esperando, como siempre, una nueva que me remezca y me haga despertar o adormecerme más. Las frutas de siempre y quiero uvas. Salgo por ellas. Camino y sólo fuera me doy cuenta de que estoy tal y como salí de mi cama (ahora me da más gusto lagartear hasta la tienda mientras saludo a las vecinas que deben reírse de mi cabello) Lagarteo y me río por lagartear, arrastrando los pies y riendo con la brisa, y el verano a quien quiero y me quiere. Alguien avanza en sentido contrario, y por burla no quiero mirarla de frente, ¡a ver si se atreve a chocarse con la lagarta audaz! Cuando la tengo al frente, a punto de chocarse conmigo, me decido y enfrento su mirada, y tengo que volver a mirar porque no es la, es él, y no es, y tiene los ojos de cristo. No eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzo. Por uvas.
1 comentario:
canica de chocolate
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