Bendito día que no acaba. Pensé titularlo "el día en que quería dormir y el sueño se fue de vacaciones" o "el día en que descubrí que mi peor enemigo es el alcohol" o "el día en que todo que lo roza duele" o "el día que sentí y creí en el corazón"... o más.
Intento que avance. Y no avanza. Despierta desde las 9 de la mañana. Y no avanza. Ni siquiera dormir ayuda. Hoy no existe el sueño. Qué manera tan dura de doler, ahí, donde todo el mundo dice que está el corazón. Siempre me pareció huachafo cogerse la parte izquierda del pecho y jurar, llorar, prometer o lamentar algo. Y hoy pasé muchas horas sintiendo verdaderamente una palpitación extraña ahí donde huachafamente se dice está, eso que duele, se expande y existe.
Y no pude dormir. Recordé palabras, acciones, destellos horrendos alojados nuevamente en mi cabeza. Y no se van. Hasta las 17h, cuando ya sin saber qué pensar, qué esperar o creer, visualicé poco a poco el proceso de cura, y extrañamente dejé de dolerme yo misma.
Fue entonces que tomé la segunda ducha del día, segura de poder levantarme, segura de haber encontrado el remedio. Llevé la laptop para no abandonar la música del día, sí, porque en momentos como éste puedo envenenarme terriblemente si avanzo más, si contamino más música con el recuerdo de este día, porque sí, el día ya está contaminado, y tiene música propia.
Mientras Félix Leclerc y Lucienne Vernay cantaban sus diálogos amorosos, el agua hervía sobre mi piel o mi piel sobre el agua, et pour tes yeux, un peu de ciel d'été, et pour tes mains, ma main à caresser... y mis lágrimas no pudieron más, y sentí que la cura había comenzado porque todo parecía irse, bajar desde mis ojos, desvanecerse en el agua que ahora era una sola... des anges nous guettant à l'horizon...
Cerrada la llave, era otra (o lo quise creer) y pude suspirar. Por fin el día de vacance tenía color, y por más que era el gris, era un gris adornable. Y así salí. Sabía a dónde iba, sabía qué iba a encontrar y cómo regresaría después. Y se me ocurrió revisar el pasillo 18, a buscarte. Y encontré los films, la gente, pero no te encontré. Y ya estoy cansada de este juego de señales.
Luego fue el episodio del terror, un taxista loco diciéndome "treinta años, tal como me recetó el doctor" y mil y una estupideces más que no podía ni quería creer. Y cambió la ruta. Y quise llorar. Ya había sido demasiado el día como para terminar asesinada o violada por un taxista. O tal vez correspondía. Como siempre pude responder, gritar que no era la calle "y por dónde es señorita, ¿acaso usted sabe?" Mi padre es coronel, él si sabe. "Entonces dígame señorita, acaso quiere bajarse" Cuatro cuadras más allá, no me dé vuelto. Temblaba y temblaba, yo sabía que cuatro cuadras más allá había más gente, y un chifa para escabullirme. Y milagrosamente bajé, temblando. Tal vez debí anotar la placa, tomar una foto, tal vez... pero temblaba.
Y te extrañé, extrañé digitar un número y soltar la historia de golpe, extrañé ser escuchada, recibir una respuesta, afirmar en voz alta que ya estaba bien. Sólo entré, miré la carta, pedí, salí para ver si el taxi se había ido, temblando "¿señorita ya se va?" No, ¿me puede abrazar? No, no lo dije, no lo diría, no a un extraño nuevamente. A nadie tal vez. Y lo sentí, y lo pensé y lo supe "a nadie jamás tal vez" Y tampoco lloré.
Lloro ahora, que Félix Leclerc me llama su bien amada, porque es falso, y porque sé que extraño eso que alguna vez fue y no existe más. Sí, me estoy dirigiendo a ti, a quien quise llamar porque en algún momento no soportaba más y precisamente recibí tu mail, en el que me dices que olvidaste el celular en Lima, y que hace mucho calor, y que me extrañas. Y a ti, a quien pedí que fuéramos a caminar -porque sentí que era lo que necesitaba, caminar contigo, soltar un poco más de mí, sin autoboicotearme, ser de verdad, abrir una oportunidad- y me dijiste que hoy no podías porque estabas trabajando, y en tono preocupado "te escribiré un mail cuando llegue a casa" -sí, porque nunca te había dicho y no pensaba decirte que te necesitaba-. Y a ti, para quien seguramente estas sensaciones resultan fáciles, tontas, "manipuladoras", a porque te envidio, realmente te envidio, porque estoy segura que nada de esto te ha afectado -o no podría- porque te respaldan tus pastillas de la felicidad, tu experiencia, tus años.
Y a mí, que no estoy en Chiclayo porque ya me gustaría tener olvidado el celular -que no para de avisar cuando llega algo nuevo, y me crea mil y una expectativas-, a mí porque no he pasado el día chambeando entre tanta gente, y porque puedo escribir un correo con más rapidez, especialmente cuando parece que eso se espera, una respuesta rápida (y porque para mí es fácil intuir cuando esto es necesario). A mí, vulnerada por cualquier taxista, por las calles, por no encontrarte en el pasillo 18, por seguir esperando un correo, por no tener pastillas de la felicidad que me salven, y porque mis años no son ningún aval ni soporte.
Y porque a pesar de todo, espero extrañarte. Y que existas y seas, tú, tú o tú.
Y el día que no acaba.