Era una asesina, lo sabía. Una asesina arrepentida y escondida en el piso 7 de un edificio de 14 pisos. Las paredes y muebles antiguos parecían convertirse en el pasaje perfecto hacia murmuraciones de años pasados que, de haberse torcido de manera diferente, me habrían convertido en otro ser, y no en una tristemente asesina, arrepentida, como ahora. Sabía también que la mayor parte de mis crímenes ya habían sido olvidados, que nadie me buscaba, sin embargo vivía con la respiración al asalto por sentir que constantemente “debía” algo -algo que no llegaría-, pero que terminada alojándose intensamente en todos mis nervios. Y los días transcurrían así, en una autoimpuesta soledad casi carcelaria que me llevaba a escurrir las horas mientras veía apagarse el sol todas las tardes desde los diferentes ángulos de mis tristes ventanas.
Pero esta tarde sonó la puerta. Acelerada por el sonido de esa madera nunca antes asomado, junté mis ligerezas. Voces corrientes se alzaban al otro lado. Sentía aproximarse un cambio, que creía necesario, sea cual fuera. Abrí la puerta. Un arrepentimiento tardío me alcanzó al reconocer las actitudes de jóvenes e inexpertos asaltantes, pero dispuestos a todo, como yo, en otros tiempos. No sabía cómo terminaría esto ni cómo terminaría yo, pero dejaría correr la tarde de esta vida en la que nada me esperaba luego. Porque así es como hay que dejar transitar un sueño, por más pesado y real que parezca.
Eso sí sé.
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