sábado, mayo 18, 2013

Era una asesina, lo sabía. Una asesina arrepentida y escondida en el piso 7 de un edificio de 14 pisos. Las paredes y muebles antiguos parecían convertirse en el pasaje perfecto hacia murmuraciones de años pasados que, de haberse torcido de manera diferente, me habrían convertido en otro ser, y no en una tristemente asesina, arrepentida, como ahora. Sabía también que la mayor parte de mis crímenes ya habían sido olvidados, que nadie me buscaba, sin embargo vivía con la respiración al asalto por sentir que constantemente “debía” algo -algo que no llegaría-, pero que terminada alojándose intensamente en todos mis nervios. Y los días transcurrían así, en una autoimpuesta soledad casi carcelaria que me llevaba a escurrir las horas mientras veía apagarse el sol todas las tardes desde los diferentes ángulos de mis tristes ventanas.

Pero esta tarde sonó la puerta. Acelerada por el sonido de esa madera nunca antes asomado, junté mis ligerezas. Voces corrientes se alzaban al otro lado. Sentía aproximarse un cambio, que creía necesario, sea cual fuera. Abrí la puerta. Un arrepentimiento tardío me alcanzó al reconocer las actitudes de jóvenes e inexpertos asaltantes, pero dispuestos a todo, como yo, en otros tiempos. No sabía cómo terminaría esto ni cómo terminaría yo, pero dejaría correr la tarde de esta vida en la que nada me esperaba luego. Porque así es como hay que dejar transitar un sueño, por más pesado y real que parezca.

Eso sí sé.

martes, octubre 02, 2012

Bendito día que no acaba. Pensé titularlo "el día en que quería dormir y el sueño se fue de vacaciones" o "el día en que descubrí que mi peor enemigo es el alcohol" o "el día en que todo que lo roza duele" o "el día que sentí y creí en el corazón"... o más.

Intento que avance. Y no avanza. Despierta desde las 9 de la mañana. Y no avanza. Ni siquiera dormir ayuda. Hoy no existe el sueño. Qué manera tan dura de doler, ahí, donde todo el mundo dice que está el corazón. Siempre me pareció huachafo cogerse la parte izquierda del pecho y jurar, llorar, prometer o lamentar algo. Y hoy pasé muchas horas sintiendo verdaderamente una palpitación extraña ahí donde huachafamente se dice está, eso que duele, se expande y existe.

Y no pude dormir. Recordé palabras, acciones, destellos horrendos alojados nuevamente en mi cabeza. Y no se van. Hasta las 17h, cuando ya sin saber qué pensar, qué esperar o creer, visualicé poco a poco el proceso de cura, y extrañamente dejé de dolerme yo misma.

Fue entonces que tomé la segunda ducha del día, segura de poder levantarme, segura de haber encontrado el remedio. Llevé la laptop para no abandonar la música del día, sí, porque en momentos como éste puedo envenenarme terriblemente si avanzo más, si contamino más música con el recuerdo de este día, porque sí, el día ya está contaminado, y tiene música propia.

Mientras Félix Leclerc y Lucienne Vernay cantaban sus diálogos amorosos, el agua hervía sobre mi piel o mi piel sobre el agua, et pour tes yeux, un peu de ciel d'été, et pour tes mains, ma main à caresser... y mis lágrimas no pudieron más, y sentí que la cura había comenzado porque todo parecía irse, bajar desde mis ojos, desvanecerse en el agua que ahora era una sola... des anges nous guettant à l'horizon...

Cerrada la llave, era otra (o lo quise creer) y pude suspirar. Por fin el día de vacance tenía color, y por más que era el gris, era un gris adornable. Y así salí. Sabía a dónde iba, sabía qué iba a encontrar y cómo regresaría después. Y se me ocurrió revisar el pasillo 18, a buscarte. Y encontré los films, la gente, pero no te encontré. Y ya estoy cansada de este juego de señales.

Luego fue el episodio del terror, un taxista loco diciéndome "treinta años, tal como me recetó el doctor" y mil y una estupideces más que no podía ni quería creer. Y cambió la ruta. Y quise llorar. Ya había sido demasiado el día como para terminar asesinada o violada por un taxista. O tal vez correspondía. Como siempre pude responder, gritar que no era la calle "y por dónde es señorita, ¿acaso usted sabe?" Mi padre es coronel, él si sabe. "Entonces dígame señorita, acaso quiere bajarse" Cuatro cuadras más allá, no me dé vuelto. Temblaba y temblaba, yo sabía que cuatro cuadras más allá había más gente, y un chifa para escabullirme. Y milagrosamente bajé, temblando. Tal vez debí anotar la placa, tomar una foto, tal vez... pero temblaba.

Y te extrañé, extrañé digitar un número y soltar la historia de golpe, extrañé ser escuchada, recibir una respuesta, afirmar en voz alta que ya estaba bien. Sólo entré, miré la carta, pedí, salí para ver si el taxi se había ido, temblando "¿señorita ya se va?" No, ¿me puede abrazar? No, no lo dije, no lo diría, no a un extraño nuevamente. A nadie tal vez. Y lo sentí, y lo pensé y lo supe "a nadie jamás tal vez" Y tampoco lloré.

Lloro ahora, que Félix Leclerc me llama su bien amada, porque es falso, y porque sé que extraño eso que alguna vez fue y no existe más. Sí, me estoy dirigiendo a ti, a quien quise llamar porque en algún momento no soportaba más y precisamente recibí tu mail, en el que me dices que olvidaste el celular en Lima, y que hace mucho calor, y que me extrañas. Y a ti, a quien pedí que fuéramos a caminar -porque sentí que era lo que necesitaba, caminar contigo, soltar un poco más de mí, sin autoboicotearme, ser de verdad, abrir una oportunidad- y me dijiste que hoy no podías porque estabas trabajando, y en tono preocupado "te escribiré un mail cuando llegue a casa" -sí, porque nunca te había dicho y no pensaba decirte que te necesitaba-. Y a ti, para quien seguramente estas sensaciones resultan fáciles, tontas, "manipuladoras", a porque te envidio, realmente te envidio, porque estoy segura que nada de esto te ha afectado -o no podría- porque te respaldan tus pastillas de la felicidad, tu experiencia, tus años.

Y a mí, que no estoy en Chiclayo porque ya me gustaría tener olvidado el celular -que no para de avisar cuando llega algo nuevo, y me crea mil y una expectativas-, a mí porque no he pasado el día chambeando entre tanta gente, y porque puedo escribir un correo con más rapidez, especialmente cuando parece que eso se espera, una respuesta rápida (y porque para mí es fácil intuir cuando esto es necesario). A mí, vulnerada por cualquier taxista, por las calles, por no encontrarte en el pasillo 18, por seguir esperando un correo, por no tener pastillas de la felicidad que me salven, y porque mis años no son ningún aval ni soporte.

Y porque a pesar de todo, espero extrañarte. Y que existas y seas, tú, tú o tú.

Y el día que no acaba.

martes, mayo 01, 2007

56 dias en la vida de un frik

No sé comer sola. Es como si hubiera nacido para morir inmediante. Tengo un cuerpo para no comer y un corazón hecho para no ser amado. Son ya sesenta y cinco veces las que prendo y apago la terma para calentar el agua y darme un baño. Pero tampoco me gusta bañarme sola. Muero por un cuerpo, un alma, un espíritu y un corazón que no sólo sea el mío.

sábado, abril 28, 2007

El otro asterión

La metafora de la anciana, la metafora de estos dias. Ahora que hablábamos de soledad. Eres mi otro Asterión.





ANIMAL DE INVIERNO

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.

(De Cosas del cuerpo)

jueves, abril 26, 2007

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Para paliar la soledad invento a otro asterión y le muestro mi casa








Donde quiera que se oiga, descansa en paz



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viernes, abril 13, 2007

12 a 9

Camino entre pasadizos que desconozco y reconozco, los siento como míos pero en realidad nunca antes los había visto o había caminado entre ellos. Mi cabeza comienza a pensar, luego de mucho caminar, ¿a dónde es que me dirijo?, y me detengo. Nunca antes había tenido la sensación más segura de que alguien esta detrás de mí, que me observa y espera mis reacciones para reaccionar. Tengo miedo de volver la vista atrás, pero me atrae más la idea de enfrentar lo desconocido.

Estoy en mi cama, el peso de mi gata al lado izquierdo me hace ser conciente de estar despierta. Reconozco mi cama por el peso de mi gata, por su sosegada presencia a mi costado (una gata que cuando se raya te raya el rostro, juega con las partes de ti que encuentre y te sumerge en la inevitable sensación de la adorabilidad mutua, algo que proviniendo de un gato o gata, resulta divinamente perfecto), lo que me hace saber que estoy en mi cama. Y estoy en mi cama, con los ojos cerrados.

¿Es un mercado? Me pierdo entre voces y sonidos, personas que cruzan sin detenerse, llevando cosas. Me siento más rara que nunca, porque sólo yo estoy detenida y sin saber qué hacer. Tengo tu número en mi cabeza, y otro papel con una dirección y el 4404618, ¿qué tengo que hacer? Miro rápidamente otra vez esperando que algo haya cambiado (cierro los ojos y siento el peso de mi gata al lado izquierdo) los abro y sigo entre gentes y sonidos. Un teléfono público, una moneda en los bolsillos. Camino y soy una persona más, perdida, sin detenerme y llevando a cuestas el no saber si estás donde te espero, si sabrás decirme qué pasa y si donde me encuentro es en verdad un mercado con personas llevando objetos. Llamo, no estás. Todo sigue igual. Siento la desesperación correr y alojarse en mi garganta. ¿Espero a que estés o llamo al otro número? Y me odio por elegir lo primero, porque sé que lo segundo es más seguro: nunca sé dónde estás y cuándo estarás. Es mejor cambiarlo todo y dejar de esperar. Llamaré otra vez, y si no contestas, marcaré el otro número. Antes de escuchar tu voz en la contestadora te veo frente a mi, entre las miles de gentes que cruzan sin detenerse, llevando cosas y sus propias dudas a cuestas.

Eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzas. ¿De dónde saliste? ¿Cómo te llamas?

Eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzo. ¿Dónde estabas todo este tiempo?

Día de sol (el verano es un dios que no me quiere)Abro los ojos y dan las 9 en el reloj que 4 años atrás me habría dicho que es muy tarde para despertar, y que ahora sólo parece consolarme por tener que despertar. Lagarteo hasta la cocina, adormecida de sensaciones y esperando, como siempre, una nueva que me remezca y me haga despertar o adormecerme más. Las frutas de siempre y quiero uvas. Salgo por ellas. Camino y sólo fuera me doy cuenta de que estoy tal y como salí de mi cama (ahora me da más gusto lagartear hasta la tienda mientras saludo a las vecinas que deben reírse de mi cabello) Lagarteo y me río por lagartear, arrastrando los pies y riendo con la brisa, y el verano a quien quiero y me quiere. Alguien avanza en sentido contrario, y por burla no quiero mirarla de frente, ¡a ver si se atreve a chocarse con la lagarta audaz! Cuando la tengo al frente, a punto de chocarse conmigo, me decido y enfrento su mirada, y tengo que volver a mirar porque no es la, es él, y no es, y tiene los ojos de cristo. No eres. Y me ves. Y me detengo. Y avanzo. Por uvas.

domingo, abril 01, 2007

Imitación de Matsuo Basho

Fuimos rebeldes audaces. Yo lo convencí de la nueva moral que ni aun yo tenía, y huimos sin ceremonia ni consentimiento. Ella trepó ágilmente a la grupa de mi caballo y así cabalgamos hasta las primeras estribaciones de la sierra. Bordeábamos los poblados y con ramas desgajadas íbamos cubriendo nuestras huellas. Nos detuvimos en una aldea cuyo nombre alude a la contemplada limpidez del río que la atraviesa.

Había clara luz de la tarde cuando el posadero nos abrió la pesada puerta de palo. A pesar de reconocer en él a un hombre sin suspicacias, le mentimos nuestros nombres. Le encargué una buena habitación para nosotros y cuidados para nuestro caballo. Ella, azorada y hambrienta, mordía a mi lado una manzana.

El cuarto era blanco y olía a resinas de eucalipto. Aunque ofrecido con excesiva modestia porel posadero, allí hallamos seguridad. Desde el pie de nuestra ventana los trigales ascendían hasta las faldas riscosas donde pastaban los animales del monte. Las cabras se perseguían con alegre lascivia y se emparejaban equilibrando peligrosamente sobre las agujas rocosas. Ella cerró la ventana y yo empecé por desatar su largo cabello.

Fuimos rebeldes y audaces. Sin embargo, ahora nos perdonan nuestras familias y nos perdonamos nosotros mismos. Nuestro hogar ha sido tardíamente consagrado. Eso es todo.Nunca traicioné otras grandes verdades porque quizá no las tuve, excepto el amor que mehizo edificar una casa, excepto el amor que nunca debió edificar una casa.

A veces pienso cabalgar nuevamente hasta esa posada y colgar en su puerta estos versos:
En la cima del risco
retozan el cabrío y su cabra
Abajo, el abismo.

José Watanabe


Ahora zumbando Legiao urbana


...la tormenta que llega es del color de sus ojos castaños
entonces me abraza la fortaleza
y me dice otra vez
que ya somos distantes de todo:
tenemos nuestro propio tiempo.
No tengo miedo de lo oscuro,
pero esto me abandona

Posible autorretrato





Yo siempre quise ser una mujer de bien,
ser alguien de provecho, valiente, emprendedora,
mesurada en las fobias, estable en los afectos,
brillante en los estudios, por poner un ejemplo.
Yo siempre quise ser una mujer de bien
y tenerlos a todos felices y contentos,
a mis padres y amigos, a Fulano y a Mengano,
a Diestro y a Siniestro
Pero hay alguien en mí que todo lo estropea,
que tuerce los caminos, equivoca las cosas,
desbarata mis planes, incumple mis promesas.
Alguien que pisa antes que yo sobre mis huellas.
En fin, visto lo visto, ya lo dicen mis padres:
a este paso, hija mía, no llegarás a nada.

Está bien, os lo debo, lo siento, lo confieso:
aludiendo a un anuncio, no soy como Farala.
Soñadora, insegura, mitómana, algo vaga,
con vocación de hormiga y verano de cigarra,
contradictoria y harta de conciliar extremos

en mi defensa alego
que siempre quise ser una mujer de bien
pero que en su defecto
soy, en el buen sentido de la palabra, mala



Silvia Ugidos